Viaje 118 km hasta una estación de Metro para pedir una segunda oportunidad. Ella llegó unos minutos tarde, yo -con el corazón y el alma en mis manos- la vi y sentí que el nudo en mi interior me dejaba. Subimos al cerro a un lado de la estación donde ella me besó por primera vez. Nos sentamos en una tosca banca a la sombra de un árbol, mirando la ciudad llena de carteles políticos. Allí comenzaba mi juicio final: lamenté la torpeza cometida, ella, de temple sereno y firme, su silencio como una daga hacia mí. Fue un momento de dolor y ahogo que no quiero repetir. No respondía a mis súplicas y tras unos minutos me habló. Como niño arrepentido, escuché su respuesta. La miré, tomé mi gorro y mi bolso cargado de luto, le dije que la amaba y bajé hacia el Metro, solo, llorando dignamente. Compré mi boleto y caminé hacia el fondo del pasillo, me senté en el suelo y escondí la cabeza entre las piernas, sintiendo los vagones pasar. Desvié mi mirada hacia la boletería y ahí estaba, mirándome desde arriba. Bajé la vista, miré otra vez y ya no estaba. Luego la vi en el extremo del pasillo, caminando lentamente. La gente jamás lo sabrá: me tendió su mano y dijo: "¡Levántate!, deja de llorar; una oportunidad más". Soy un testigo, los ángeles urbanos existen.
Por R.S.C. dedicado A.D.C.R
Ojalá les guste tanto como a mi. (Publicado en La Tercera, noviembre 21 de 2005)
Polita, te amo 50.


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